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Ni Oriente ni Occidente: la estrategia de supervivencia de Turquía

Nota: Las opiniones expresadas en este texto son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la posición de este sitio web.


O presidente da Turquia, Recep Tayyip Erdoğan, aperta a mão do presidente da Rússia, Vladimir Putin, durante um encontro oficial. Os dois líderes aparecem lado a lado, de terno, com as bandeiras da Turquia e da Rússia ao fundo.
El presidente ruso Vladimir Putin se reúne con su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, en Sochi, Rusia, en 2023. (Foto: Sergei Guneyev/AFP/Pool/Getty Images)

Durante las últimas dos décadas, se ha vuelto recurrente la percepción de que Turquía se estaría alejando definitivamente de Occidente y acercándose a Rusia. Desde la llegada de Recep Tayyip Erdoğan al poder, diversos acontecimientos han reforzado esta narrativa, como el deterioro de las relaciones con Estados Unidos, la compra del sistema ruso de defensa aérea S-400, la resistencia inicial al ingreso de Finlandia y Suecia en la OTAN y la intensificación de la cooperación económica y energética con Moscú. Sin embargo, esta interpretación simplifica una política exterior caracterizada por el pragmatismo, ya que el acercamiento a Moscú constituye una estrategia orientada a ampliar la autonomía estratégica de Turquía y su poder de negociación en un escenario internacional cada vez más multipolar.


La política exterior impulsada por Erdoğan ha buscado reducir la dependencia de Turquía respecto de Estados Unidos y Europa, ampliando su capacidad para negociar simultáneamente con distintos polos de poder. En lugar de aceptar una posición subordinada dentro de la OTAN, Ankara ha procurado construir una política exterior más independiente, capaz de dialogar al mismo tiempo con Rusia, China, los países de Oriente Medio y las potencias occidentales. El acercamiento a Moscú, por tanto, constituye un instrumento para aumentar el poder de negociación de Turquía y ampliar su margen de maniobra frente a las grandes potencias.


Este acercamiento con Rusia fue impulsado por factores concretos. El derribo de un avión de combate ruso en 2015 marcó un momento de profunda inseguridad para Ankara, que esperaba un mayor respaldo de sus aliados de la OTAN ante la posibilidad de una represalia militar rusa. Al mismo tiempo, las relaciones con Washington se habían deteriorado debido al apoyo estadounidense a las milicias kurdas en Siria, consideradas por Turquía como una extensión del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), organización clasificada como terrorista por el gobierno turco. La percepción de abandono por parte de los aliados occidentales se reforzó tras el intento de golpe de Estado de 2016, cuando Vladimir Putin fue uno de los primeros líderes internacionales en ofrecer apoyo político a Erdoğan, mientras que la reacción de los gobiernos occidentales fue percibida en Ankara como lenta y vacilante. En este contexto, fortalecer la relación con Moscú se convirtió en una alternativa racional para reducir vulnerabilidades y ampliar las opciones estratégicas de Turquía.


La adquisición del sistema S-400 simbolizó este período de mayor acercamiento entre Turquía y Rusia. La compra demostraba que Ankara pretendía diversificar sus proveedores de defensa y afirmar su independencia frente a Estados Unidos. Sin embargo, esta decisión tuvo costos significativos. La exclusión de Turquía del programa del caza F-35, las sanciones estadounidenses y el deterioro de las relaciones con la OTAN evidenciaron que la búsqueda de autonomía tenía límites concretos. La industria de defensa turca, aunque altamente desarrollada, sigue profundamente integrada en las cadenas de suministro occidentales, dependiendo de componentes, financiación y cooperación tecnológica provenientes principalmente de Estados Unidos y Europa. De este modo, el intento de sustituir parcialmente esta dependencia mediante la asociación con Rusia resultó más costoso de lo previsto inicialmente.


El agravamiento de la crisis económica interna, caracterizado por una elevada inflación, la depreciación de la moneda, la disminución de las reservas internacionales y la pérdida de confianza de los inversores, dejó en evidencia que el país necesitaba reconstruir su credibilidad ante los mercados financieros occidentales. El devastador terremoto de 2023 agravó aún más esta situación, ampliando las necesidades de inversión externa y de reconstrucción económica. En consecuencia, la política exterior pasó a estar influida menos por objetivos de proyección internacional y más por la necesidad de estabilizar la economía nacional. El nombramiento de Mehmet Şimşek para dirigir la política económica simbolizó este proceso de acercamiento a los inversores internacionales y el retorno a políticas macroeconómicas más ortodoxas.


Otro elemento es la guerra entre Rusia y Ucrania. El conflicto puso de manifiesto el intento de Turquía de mantener una posición intermedia entre ambas partes. Ankara condenó la invasión rusa, suministró drones militares a Ucrania y apoyó las resoluciones de las Naciones Unidas contrarias a la agresión de Moscú. Al mismo tiempo, se negó a adherirse a las sanciones económicas promovidas por Occidente, preservando intensas relaciones comerciales con Rusia y actuando como un importante canal económico para Moscú. Esta postura permitió a Turquía mantener su papel de mediadora entre las partes y preservar sus intereses económicos. Sin embargo, con la prolongación de la guerra, aumentaron tanto las presiones estadounidenses como el riesgo de sanciones secundarias, haciendo económicamente más costoso mantener el mismo nivel de cooperación con Rusia.


Los cambios en la dinámica regional también contribuyeron a reducir la importancia estratégica de la asociación entre Turquía y Rusia. La pérdida de influencia de Moscú en Siria tras la caída del régimen de Bashar al-Assad alteró significativamente el equilibrio regional. Durante años, Turquía tuvo que negociar constantemente con Rusia para proteger sus intereses en territorio sirio. Con el cambio del escenario político en Damasco, esta dependencia disminuyó considerablemente. Paralelamente, Ankara comenzó a percibir mayores oportunidades de integración en los proyectos europeos de defensa y en los programas de modernización militar impulsados por los aliados de la OTAN, reforzando los incentivos para restablecer relaciones más estrechas con Occidente.


En síntesis, la política exterior turca continúa guiándose por una lógica de supervivencia estratégica. En lugar de elegir definitivamente entre Oriente y Occidente, Ankara procura preservar su libertad de acción en un entorno internacional marcado por la competencia entre las grandes potencias. Su estrategia no consiste en sustituir una alineación por otra, sino en aprovechar las oportunidades que ofrecen los distintos polos de poder para maximizar sus intereses económicos, militares y diplomáticos. En este sentido, Turquía permanece menos comprometida con bloques ideológicos que con la preservación de su autonomía y de su capacidad para adaptarse a las transformaciones del orden internacional.


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