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Rusia en África: soberanía, seguridad y disputa

Nota: Las opiniones expresadas en este texto son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la posición de este sitio web.


Putin e participantes da cúpula Rússia-África posam para uma foto em São Petersburgo, Rússia, 2023
Putin y los participantes de la cumbre Rusia-África posan para una foto en San Petersburgo, Rusia, 2023. (Foto: Getty Images)

En las últimas décadas, África se ha consolidado como un espacio central de disputa geopolítica en el sistema internacional. La progresiva erosión del orden liberal y la emergencia de una configuración multipolar han ampliado el protagonismo del continente, tanto como actor colectivo, a través de la Unión Africana, como como conjunto de Estados con creciente margen de maniobra estratégica. En este contexto, Rusia ha intensificado su presencia política, económica y securitaria en África, presentándose como un socio alternativo a Occidente y defensor de la soberanía africana.


La actuación rusa combina instrumentos de hard power, soft power y estrategias híbridas, articuladas en un discurso anticolonial, de no intervención y de respeto a las elecciones soberanas de los Estados africanos. Al mismo tiempo, esta presencia ha sido objeto de críticas por parte de países occidentales y de organizaciones internacionales, que señalan riesgos asociados a la militarización, la manipulación informativa y las violaciones de derechos humanos. Este análisis examina la presencia de Rusia en África a partir de estas dimensiones, abordando la rivalidad con Occidente, las similitudes con el enfoque chino y el encuadre institucional proporcionado por la Agenda 2063 y el Russia–African Union Action Plan 2023–2026.


Hard power y seguridad: influencia a través de la estabilidad armada


El eje de seguridad constituye uno de los pilares centrales de la influencia rusa en África. Moscú ha ampliado la cooperación militar con diversos países africanos, especialmente en regiones marcadas por una inestabilidad crónica, como el Sahel, África Central y partes del Cuerno de África. Esta cooperación incluye la venta de armamento, el entrenamiento de fuerzas nacionales, la asesoría en defensa y, en algunos casos, la presencia de estructuras militares indirectas, como el Grupo Wagner, posteriormente reorganizado bajo el Africa Corps.


Desde la perspectiva rusa, esta actuación responde a demandas legítimas de Estados africanos que enfrentan terrorismo, insurgencias armadas y fragilidad institucional, en consonancia con el principio de “soluciones africanas para problemas africanos”. Para los críticos occidentales, sin embargo, esta presencia estaría asociada al sostenimiento de regímenes autoritarios, al intercambio de seguridad por acceso a recursos naturales y al agravamiento de dinámicas de violencia, como en Mali.


Así, el hard power ruso en África no se limita al uso directo de la fuerza, sino que opera como un instrumento de negociación política y reposicionamiento estratégico en contextos donde la presencia occidental ha perdido legitimidad o eficacia.


Soft power: narrativa anticolonial y soberanía


Paralelamente al eje militar, Rusia moviliza un sofisticado soft power discursivo, anclado en la memoria histórica del apoyo soviético a las luchas de liberación africanas y en la crítica al colonialismo europeo. Moscú construye su imagen como un socio que respeta la soberanía, rechaza las condicionalidades políticas y no interfiere en los asuntos internos de los Estados.


Esta narrativa dialoga directamente con documentos y principios valorados por la Unión Africana, como la Agenda 2063, que enfatiza la autonomía estratégica, el desarrollo endógeno y el protagonismo africano en el sistema internacional. Al apoyar las demandas africanas por una mayor representación en foros globales, como el Consejo de Seguridad de la ONU, Rusia refuerza su imagen de aliada política del continente.


Sin embargo, este soft power suele ir acompañado de campañas informativas y de comunicación estratégica, incluido el uso de medios locales y redes sociales para promover discursos antioccidentales, como las propagandas antifrancesas en la República Centroafricana, por ejemplo. Para Occidente, estas prácticas constituyen manipulación informativa; para Moscú y sus socios africanos, se trata de disputas legítimas de narrativa en un entorno internacional asimétrico.


Economía, energía y soberanía


La dimensión económica de la presencia rusa en África ocupa un espacio intermedio entre el soft y el hard power. Proyectos en áreas estratégicas como la energía nuclear, el petróleo y el gas, la minería, los fertilizantes y la seguridad alimentaria se presentan como contribuciones directas a la soberanía económica y tecnológica africana. Entre los ejemplos se incluyen la central nuclear de El Dabaa, en Egipto, y las iniciativas orientadas a la autosuficiencia alimentaria en consonancia con los compromisos de la Unión Africana, como la Declaración de Kampala.


El discurso ruso enfatiza la transferencia de tecnología, la creación de valor local y el rechazo de modelos puramente extractivistas. No obstante, analistas occidentales cuestionan hasta qué punto estos proyectos promueven un desarrollo sostenible o reproducen nuevas formas de dependencia, especialmente cuando están vinculados a acuerdos de seguridad o concesiones estratégicas de recursos.


La rivalidad geopolítica entre Rusia y Occidente en África debe entenderse como una disputa estructural que involucra no solo intereses materiales, sino, sobre todo, modelos de orden internacional, legitimidad política y control de narrativas. Para Moscú, el continente africano se ha convertido en un espacio privilegiado para cuestionar la hegemonía normativa e institucional de Occidente, proyectando una visión alternativa de gobernanza global basada en la soberanía estatal, el pluralismo civilizacional y el rechazo a estándares universales impuestos externamente. Desde el punto de vista ruso, las potencias occidentales continúan operando según una lógica neocolonial, aunque bajo nuevas formas. La crítica central se dirige al uso selectivo del discurso de los derechos humanos y la democracia como instrumento de presión política, así como a la aplicación de sanciones económicas y diplomáticas que, según Moscú, afectan de manera desproporcionada a los países en desarrollo y limitan sus opciones soberanas de política exterior. En este marco, Rusia procura presentarse ante los socios africanos como una potencia que no condiciona la cooperación a reformas políticas internas ni exige alineamiento ideológico, reforzando la idea de una asociación entre iguales.


Esta narrativa gana fuerza en contextos donde el compromiso occidental ha sido asociado a intervenciones militares fallidas, dependencia financiera o la persistencia de asimetrías económicas. En países como Mali, Burkina Faso y la República Centroafricana, la retirada o el debilitamiento de la presencia francesa y europea ha abierto espacio para que Rusia se posicione como una alternativa pragmática en materia de seguridad, explotando el desgaste de la legitimidad occidental entre sectores de la población y de las élites políticas locales. Esta disputa revela que África no es solo un escenario periférico, sino un espacio central de competencia sistémica, donde se enfrentan distintas concepciones de legitimidad internacional: por un lado, la visión liberal-normativa de Occidente; por otro, la visión soberanista y pluralista defendida por Moscú.


En este contexto, Rusia se aproxima discursivamente a China, sobre todo en la defensa de la multipolaridad, la no intervención y el derecho de los Estados a elegir sus propios caminos de desarrollo. Ambos rechazan las condicionalidades políticas explícitas y critican la universalización de los valores occidentales. No obstante, esta convergencia no debe ocultar diferencias relevantes en sus formas de actuación.


China ha construido su presencia en África principalmente a través de instrumentos económicos e infraestructurales, como la financiación, el comercio y la construcción de puertos, carreteras, ferrocarriles y zonas industriales, integrando al continente en las cadenas globales de valor asociadas a la Belt and Road Initiative. Su soft power está fuertemente anclado en una lógica tecnocrática de desarrollo, crecimiento económico y modernización. Rusia, por su parte, actúa de manera más selectiva y politizada, priorizando sectores estratégicos como la seguridad, la energía, la minería y la diplomacia multilateral. Su influencia tiende a basarse menos en el volumen económico y más en el apalancamiento geopolítico, lo que confiere a su presencia un carácter más ideológico y securitario. Mientras Pekín busca previsibilidad y estabilidad para proteger inversiones de largo plazo, Moscú suele insertarse en contextos de crisis, fragilidad institucional y conflicto, donde su capacidad de ofrecer apoyo inmediato en seguridad se convierte en un factor diferenciador. Así, aunque Rusia y China compartan un discurso convergente sobre soberanía y multipolaridad, sus estrategias en África reflejan perfiles de poder distintos.


Conclusión


La presencia de Rusia en África refleja tanto las transformaciones del sistema internacional como las estrategias africanas de diversificación de alianzas. Al combinar hard power y soft power, Moscú ha logrado ampliar su influencia en regiones donde Occidente enfrenta crisis de legitimidad y eficacia. Su discurso anticolonial, de respeto a la soberanía y de apoyo a las agendas africanas de desarrollo encuentra resonancia en múltiples contextos nacionales y regionales.


Sin embargo, esta actuación no está exenta de ambigüedades y riesgos. Las acusaciones de violaciones de derechos humanos, manipulación informativa y dependencia securitaria plantean interrogantes sobre la sostenibilidad a largo plazo del modelo ruso de compromiso. Para los Estados africanos, el desafío central sigue siendo transformar la competencia entre las grandes potencias, Rusia, China y Occidente, en ganancias concretas de desarrollo, seguridad y autonomía, en línea con los objetivos de la Agenda 2063. Así, la presencia rusa en África revela un escenario de agencia africana ampliada, en el que el continente deja de ser un mero objeto de la disputa geopolítica para afirmarse como un actor activo en un mundo cada vez más multipolar.


Referencias


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Bax, Pauline. “Mapping Conflict: Russia’s Growing Influence in Africa.” Crisis Group, 2025, www.crisisgroup.org/europe-central-asia/russia-internal/mapping-conflict-russias-growing-influence-africa.



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