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Opinión: ¿Cuba, el próximo objetivo?

Nota: Las opiniones expresadas en este texto son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la posición de este sitio web.


O presidente Donald Trump, com as bandeiras dos Estados Unidos e de Cuba ao fundo
El presidente Donald Trump, con las banderas de Estados Unidos y Cuba de fondo. (Foto: CNN)

Las declaraciones recientes de la administración Trump reflejan una continuidad en la reorientación de la estrategia de política exterior de Estados Unidos en el Caribe, con un fuerte énfasis en los resultados económicos y los mecanismos de control político.


Este enfoque ya se ha probado en contextos como el de Venezuela, donde Washington adoptó una combinación de presión máxima, apertura negociada con sectores internos del régimen y disposición a aceptar ajustes parciales de poder, siempre que fueran compatibles con los intereses económicos estadounidenses. Tras la retirada de Nicolás Maduro, se priorizó el acceso al petróleo y la estabilidad regional, incluso sin una ruptura institucional completa en Venezuela por parte de Washington.


La administración actual parece dispuesta a aceptar gobiernos que no estén necesariamente alineados ideológicamente, siempre que sean funcionalmente cooperativos en asuntos de interés estratégico y económico para EE. UU. Al mismo tiempo, el tono del discurso político sigue siendo característico de un conservador republicano, combinando ofertas de negociación con expresiones explícitas de coerción. Declaraciones públicas recientes, incluyendo afirmaciones sobre la posibilidad de “tomar Cuba” y la prerrogativa de “hacer lo que quiera"1 con la isla, refuerzan el papel de la presión como instrumento de negociación diplomática.


Si La Habana se resiste a concesiones consideradas mínimas por Washington, los patrones históricos sugieren que la administración podría pasar de medidas de presión económica a acciones más directas, no necesariamente en forma de intervención convencional, sino potencialmente a través de operaciones limitadas o apoyo a actores internos disidentes, como se observó en Venezuela. Aunque este modelo reduce el costo político interno de una intervención directa, implica riesgos significativos, tales como la normalización de la coerción como herramienta de política exterior, la prolongación de la inestabilidad institucional en los países objetivo y la posible erosión de la soberanía efectiva en la región.


Cuba podría seguir un camino similar al de Venezuela: apertura económica selectiva, atracción de capital externo y mantenimiento de la estructura política existente con ajustes puntuales, sin ruptura sistémica completa. Actualmente, existen canales de negociación activos entre Washington y La Habana, con discusiones en curso sobre posibles concesiones graduales. El resultado de este proceso dependerá del equilibrio entre el nivel de presión que EE. UU. esté dispuesto a mantener y el grado de concesiones que el gobierno cubano acepte sin comprometer su estabilidad interna. Este cálculo se complica aún más por la creciente presencia y apoyo de China en la economía cubana, lo que añade una dimensión estratégica adicional a la disputa de influencia en el Caribe.


  1. Donald Trump. “President Trump and Vice President JD Vance Participate in Signing Time, Mar. 16, 2026.” White House, 16 Mar. 2026, youtu.be/S9MXdLYgYkE.

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