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La guerra con Irán puede desencadenar la próxima crisis económica global

Nota: Las opiniones expresadas en este texto son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la posición de este sitio web.


O presidente dos EUA, Donald Trump, e o ex-líder supremo do Irã, Ali Khamenei.
El presidente estadounidense Donald Trump y el exlíder supremo iraní Alí Jamenei. (Foto: Kurdistan24)

La actual escalada militar en el Golfo Pérsico revela una transformación importante en la dinámica estratégica de Oriente Medio. El conflicto ha comenzado a afectar a un conjunto más amplio de actores y estructuras que sostienen el orden regional y la economía global. Los países del Golfo que tradicionalmente buscaban mantener una posición de equilibrio entre las grandes potencias y las rivalidades regionales ahora se ven progresivamente arrastrados hacia el centro de la crisis. Este cambio no ocurre porque hayan elegido participar en la guerra, sino porque su geografía, sus alianzas de seguridad y su importancia económica los han vuelto inevitablemente vulnerables a los efectos del conflicto.


Desde la Revolución iraní de 1979, los Estados del Golfo han construido su arquitectura de seguridad en estrecha cooperación con Estados Unidos. Esta asociación permitió la instalación de bases militares estadounidenses y el desarrollo de un sistema de disuasión orientado principalmente a contener la influencia de Irán. Durante décadas, este arreglo fue percibido como un elemento estabilizador en la región. Sin embargo, la propia presencia militar que debía garantizar la seguridad ha convertido a estos países en objetivos potenciales cada vez que las tensiones entre Washington y Teherán alcanzan niveles críticos. Infraestructuras como la Base Aérea de Al Udeid en Catar o las instalaciones de la Quinta Flota de Estados Unidos en Bahréin ilustran esta paradoja: son instrumentos de protección estratégica, pero también posibles puntos de vulnerabilidad en momentos de escalada.


La respuesta iraní a las operaciones militares de sus adversarios parece reflejar una estrategia destinada a ampliar deliberadamente los costos de la guerra. En lugar de limitar sus acciones a objetivos militares directamente involucrados en operaciones contra su territorio, Teherán ha mostrado disposición para atacar infraestructuras económicas y logísticas en países vecinos. Esta estrategia se basa en dos premisas. La primera es que Irán posee capacidad asimétrica suficiente, especialmente en el uso de drones y misiles balísticos, para amenazar diversos objetivos en un área geográfica amplia. La segunda es que la presión económica y política resultante de esos ataques podría incentivar a los gobiernos regionales a presionar a Washington por una solución diplomática. En otras palabras, el cálculo iraní parece buscar la internacionalización de los costos de la guerra, transformando a países que preferirían permanecer neutrales en actores interesados en contener la escalada.


Este cálculo, sin embargo, implica riesgos significativos. Al atacar infraestructuras en países del Golfo, Irán puede reforzar percepciones de amenaza entre gobiernos que, en los últimos años, venían intentando reducir las tensiones regionales y promover iniciativas de diálogo. Declaraciones de líderes y diplomáticos de la región indican que estos ataques refuerzan narrativas que presentan el programa de misiles iraní como un factor central de inestabilidad en Oriente Medio. Si estos gobiernos concluyen que la estrategia de contención diplomática ha fracasado, la consecuencia puede ser un mayor fortalecimiento de la cooperación militar con Estados Unidos e incluso la participación indirecta o directa en operaciones contra Irán.


Muerte de Ali Khamenei


Paralelamente a esta dimensión regional, el conflicto ocurre en un momento particularmente sensible para la política interna iraní. La muerte del líder supremo Ali Khamenei introduce un elemento adicional de incertidumbre en el sistema político de la República Islámica. El cargo de líder supremo es el pilar central del modelo institucional iraní, fundamentado en la doctrina del Wilayat al-Faqih, que concede a una autoridad religiosa suprema el control final sobre las principales decisiones políticas y estratégicas del Estado. A diferencia de sistemas políticos más institucionalizados, en los que la sucesión ocurre mediante mecanismos previsibles, la transición de poder en este contexto implica complejas negociaciones entre diferentes centros de influencia, incluidos el establishment clerical, las élites políticas y las fuerzas de seguridad.


Entre estas instituciones, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica ocupa una posición particularmente relevante. A lo largo de las últimas décadas, esta organización ha ampliado su papel mucho más allá de las funciones militares tradicionales, convirtiéndose en un actor político y económico de gran peso dentro del sistema iraní. En un momento de transición en el liderazgo supremo, su influencia puede crecer aún más, especialmente si el régimen percibe la necesidad de reforzar mecanismos de control interno y movilización nacional. Históricamente, los regímenes que enfrentan desafíos de legitimidad o sucesión suelen recurrir a la retórica de resistencia externa para consolidar el apoyo doméstico, lo que puede contribuir a mantener una postura confrontacional en la política regional.


Impacto en la economía global


Al mismo tiempo, el impacto de la guerra no se limita al ámbito militar ni a la política regional. Uno de los aspectos más significativos de la crisis actual es que está afectando directamente a infraestructuras que sostienen la economía global. Durante las últimas décadas, los países del Golfo se han transformado en algunos de los principales hubs de la globalización, conectando flujos de energía, comercio, transporte aéreo, finanzas y datos digitales. Ciudades como Dubái y Doha se han convertido en centros logísticos y financieros cuya importancia supera ampliamente el contexto regional. La presencia de centros de datos de empresas globales, como Amazon Web Services, ilustra cómo la región se ha integrado profundamente en las infraestructuras digitales que sostienen el funcionamiento de la economía contemporánea.


Los ataques o incidentes que involucran este tipo de infraestructura representan un fenómeno relativamente nuevo en la historia de los conflictos internacionales. Durante gran parte del período posterior a la Segunda Guerra Mundial, las principales guerras que involucraron a grandes potencias ocurrieron en regiones periféricas de la economía global. Incluso conflictos prolongados, como la guerra de Afganistán o la guerra de Irak, no amenazaron directamente a grandes centros financieros globales, hubs logísticos o redes digitales estratégicas. En el caso actual, sin embargo, el teatro de operaciones incluye precisamente una de las regiones más interconectadas del sistema económico internacional.


Esta realidad vuelve particularmente sensible la situación del Estrecho de Ormuz, uno de los puntos de estrangulamiento más estratégicos del comercio energético mundial. Una parte significativa de las exportaciones globales de petróleo, gas natural licuado y derivados petroquímicos pasa por esta estrecha ruta marítima que conecta el Golfo con el Océano Índico. Cualquier interrupción prolongada en este flujo tendría efectos inmediatos en los mercados energéticos internacionales, potencialmente elevando los precios, presionando las cadenas productivas y aumentando la inflación en diversas economías. Además, cambios en estos flujos pueden crear oportunidades para otros exportadores de energía, como Rusia, que podría ampliar su participación en los mercados asiáticos si los proveedores del Golfo enfrentan dificultades logísticas u operativas.


Otro aspecto importante es el impacto en las cadenas logísticas globales. Además de ser un corredor energético, el Golfo también se ha convertido en un eslabón central en las redes de transporte marítimo y aéreo que conectan Asia, Europa y África. Puertos, zonas francas y aeropuertos de la región desempeñan un papel fundamental en el movimiento de mercancías, capital y personas. La interrupción de estos flujos puede generar efectos en cascada en sectores que van desde la industria manufacturera hasta los mercados financieros y el transporte internacional de carga. De este modo, la guerra deja de ser simplemente un problema de seguridad regional y pasa a representar un riesgo sistémico para el funcionamiento de la economía globalizada.


Ante este escenario, emerge un dilema estratégico para Estados Unidos. Al optar por operaciones militares contra Irán, Washington buscaba reafirmar su capacidad de disuasión y limitar las actividades militares iraníes en la región. Sin embargo, la respuesta iraní expuso importantes debilidades en ese cálculo. Al ampliar el alcance de los ataques y golpear infraestructuras en países aliados de Estados Unidos, Teherán ha logrado aumentar significativamente los costos políticos y económicos del conflicto para los socios regionales de Washington. Esto genera presiones internas en esos países para buscar una rápida desescalada, incluso si ello implica presionar al propio aliado estadounidense para que reconsidere su estrategia.


En este contexto, los gobiernos del Golfo se encuentran en una posición particularmente delicada. Por un lado, dependen de las garantías de seguridad proporcionadas por Estados Unidos para equilibrar el poder regional de Irán. Por otro, su prosperidad económica depende fundamentalmente de la estabilidad regional, de la confianza de los inversores internacionales y del funcionamiento continuo de las redes de comercio y transporte que atraviesan la región. Cuanto más el conflicto amenace estas bases económicas, mayor será el incentivo para que estos países actúen como mediadores o defensores de una solución diplomática.


Así, el conflicto actual revela una característica fundamental de la política internacional contemporánea: la creciente interdependencia entre seguridad y economía global. En un mundo altamente interconectado, las guerras regionales pueden producir rápidamente efectos que trascienden las fronteras geográficas y se expanden a través de redes financieras, energéticas y logísticas. El Golfo Pérsico, al mismo tiempo centro energético y hub de la globalización, se ha convertido en un punto crítico donde las rivalidades geopolíticas y los flujos económicos globales se intersectan. Por ello, la evolución de este conflicto tendrá implicaciones que van mucho más allá de la relación entre Irán, Estados Unidos o sus aliados inmediatos, pudiendo influir en la estabilidad económica internacional y en la propia configuración del orden regional en Oriente Medio en las próximas décadas.


Referencias


ABUD LUZ, Flávia . Do luta à política: o significado da morte de um Aiatolá. CERES. Disponível em: <https://www.ceresri.org/post/do-luta-%C3%A0-pol%C3%ADtica-o-significado-da-morte-de-um-aiatol%C3%A1>.


BATMANGHELIDJ, Esfandyar . The Iran War Is Jeopardizing the Entire Global Economy. Foreign Policy. Disponível em: <https://foreignpolicy.com/2026/03/04/iran-war-dubai-saudi-qatar-global-economy-oil-shipping-trade/>.


VAEZ, Ali. Trump’s Iran Gamble. Foreign Affairs. Disponível em: <https://www.foreignaffairs.com/iran/trump-iran-gamble-vaez>.

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