América Latina y África: ¿una asociación duradera o entusiasmo a corto plazo?
- João Pedro Nascimento

- 31 mar
- 5 Min. de lectura
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La reciente intensificación de las relaciones entre América Latina y África puede leerse tanto como ambición como inseguridad. Los países del Sur Global vuelven a poner a prueba la posibilidad de actuar en conjunto, como eje, en el contexto de un mundo donde las jerarquías tradicionales están en disputa.
La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, al promover un foro con países africanos, encarna este intento de construcción de autonomía. Desde su creación, el bloque ha llevado consigo la ambición de ofrecer un espacio de coordinación política sin la presencia de las potencias del Norte, especialmente Estados Unidos. Así, la CELAC funciona como un símbolo de un deseo recurrente en América Latina: hablar con voz propia. En este contexto, el acercamiento con África surge casi como un desarrollo natural. No solo por razones históricas, aunque el peso de la diáspora africana en la formación latinoamericana es central, sino porque ambos espacios comparten una posición estructural similar. La cooperación Sur-Sur, por lo tanto, también es un intento de reequilibrar estas condiciones.
Liderazgos como los de Gustavo Petro y Francia Márquez (presidente y vicepresidenta de Colombia) y Lula, presidente de Brasil, han sido particularmente explícitos al articular esta visión. La política exterior hacia África combina tres dimensiones que rara vez aparecen juntas con tanta claridad: identidad, estrategia y reforma institucional. Al enfatizar los vínculos afrodescendientes, los gobiernos buscan legitimar políticamente este acercamiento; al expandir las relaciones comerciales y diplomáticas, intentan hacerlo pragmático; y, al crear estructuras permanentes dentro del Estado, procuran garantizar su continuidad.
Esta combinación es relevante porque toca el punto más sensible: su durabilidad. La historia reciente de América Latina está marcada por ciclos políticos intensos, en los que los cambios de gobierno suelen implicar cambios abruptos de orientación internacional. El pasado ofrece ejemplos claros. Durante la llamada “marea rosa” a comienzos del siglo XXI, hubo un impulso similar hacia África, acompañado de una fuerte retórica de solidaridad entre países del Sur Global. En ese momento, la cooperación estaba en gran medida sostenida por afinidades ideológicas. Cuando ese ciclo político se agotó, muchas de estas iniciativas perdieron impulso. No necesariamente porque fueran inviables, sino porque no habían sido plenamente incorporadas como políticas de Estado. Este es el riesgo que se cierne sobre el momento actual. La presencia relativamente limitada de líderes latinoamericanos en encuentros recientes indica que el entusiasmo no es uniforme y, más importante aún, que todavía depende en gran medida de quién esté en el poder.

Al mismo tiempo, reducir este movimiento a una agenda de izquierda sería una simplificación excesiva. La propia historia de la política exterior latinoamericana muestra que la búsqueda de alianzas en el Sur Global no es monopolio ideológico. En distintos momentos, incluso bajo gobiernos conservadores o autoritarios, los países de la región han buscado diversificar sus relaciones internacionales, ya sea por necesidad económica o por cálculo estratégico. Lo que parece nuevo, por lo tanto, es el contexto en el que ocurre. Hoy, el orden internacional es más fragmentado y competitivo. Las potencias medias buscan mayor margen de maniobra, mientras que las grandes potencias compiten por influencia en regiones antes consideradas periféricas. África, en particular, se ha convertido en un escenario central de esta disputa. Para los países latinoamericanos, acercarse al continente africano no es solo un gesto de solidaridad histórica, sino también una forma de no quedar al margen de los reacomodos globales en curso.
Por otro lado, esta misma competencia global impone límites. La creciente presencia de actores como China, la Unión Europea y otros socios tradicionales significa que América Latina y África se encuentran en un espacio ya densamente disputado. Esto exige que su cooperación vaya más allá de las declaraciones políticas y encuentre nichos concretos de complementariedad. De lo contrario, corre el riesgo de ser opacada por relaciones más consolidadas. Aquí entra la dimensión institucional, quizás el factor más decisivo para el futuro de este acercamiento. La apertura de embajadas, la creación de mecanismos permanentes de diálogo y la incorporación del tema en las burocracias estatales son señales de que algo más duradero puede estar tomando forma. A diferencia de programas puntuales, estas estructuras crean inercia, haciendo más costoso, tanto política como administrativamente, abandonar la relación.
Aun así, las instituciones por sí solas no son suficientes. Necesitan sostenerse en intereses reales y continuos. Si la relación entre América Latina y África permanece anclada principalmente en el simbolismo o en agendas de corto plazo, su sostenibilidad será frágil. Por el contrario, si logra apoyarse en beneficios mutuos claros, ya sean económicos, tecnológicos o políticos, tendrá más probabilidades de resistir los cambios de gobierno. En el fondo, el momento actual pone en evidencia una tensión histórica de la política exterior latinoamericana: la oscilación entre autonomía y dependencia. El acercamiento con África representa una apuesta por la autonomía, la idea de que el Sur Global puede construir sus propias redes de cooperación e influencia. Pero esta apuesta aún convive con presiones que tiran en la dirección opuesta, ya sea por la fuerza de las relaciones tradicionales o por los cambios internos de orientación política.
¿Logrará esta agenda desvincularse de la lógica cíclica que históricamente ha marcado a la región? Si permanece atada a momentos políticos específicos, será solo otro capítulo de entusiasmo pasajero. Si, por el contrario, logra consolidarse como política de Estado, podría señalar algo más profundo: un cambio gradual, pero significativo, en la forma en que América Latina y África se perciben a sí mismas. En este sentido, el éxito de este acercamiento dependerá de la capacidad de transformar la intención en política de Estado. Es una tarea menos visible, más lenta e institucional y, precisamente por eso, mucho más difícil.
Referencias
MINISTÉRIO DAS RELAÇÕES EXTERIORES. Comunicado Conjunto dos Copresidentes do Primeiro Fórum de Alto Nível CELAC-África. Governo Federal. Disponível em: <https://www.gov.br/mre/pt-br/canais_atendimento/imprensa/notas-a-imprensa/comunicado-conjunto-dos-copresidentes-do-primeiro-forum-de-alto-nivel-celac-africa>.
MINISTÉRIO DAS RELAÇÕES EXTERIORES. Declaração de Bogotá - X Cúpula dos Chefes de Estado e de Governo da Comunidade dos Estados da América Latina e do Caribe (CELAC). Governo Federal. Disponível em: <https://www.gov.br/mre/pt-br/canais_atendimento/imprensa/notas-a-imprensa/declaracao-de-bogota-x-cupula-dos-chefes-de-estado-e-de-governo-da-comunidade-dos-estados-da-america-latina-e-do-caribe-celac>.





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